Justicia y Lealtad
- Janet Castro
- 18 abr
- 2 min de lectura
Actualizado: 26 abr

Justicia y Lealtad
Hay un punto en el que justicia y lealtad dejan de coincidir sin romperse del todo, y es precisamente ahí donde aparece la incomodidad más difícil de sostener: cuando alguien cercano actúa de forma claramente injusta y, aun viéndolo con claridad, el juicio no se despliega con la misma firmeza que tendría frente a un extraño. No hay desconocimiento ni confusión, sino un leve desplazamiento del criterio, una acomodación casi imperceptible que permite sostener a la vez lo que se ve y lo que se quiere preservar.
Lo evidente se matiza y lo incómodo se relativiza, a veces ni siquiera se nombra, no por incapacidad, sino para evitar la fisura que su reconocimiento introduciría en el vínculo. Me pregunto en qué momento la lealtad deja de sostener lo legítimo y empieza a proteger lo que, en otro contexto, no justificaríamos.
Porque no toda fidelidad es virtud ni toda distancia es traición. Esa distinción, que resulta nítida cuando se contempla desde fuera, se vuelve más ambigua en lo cercano, donde la implicación altera la medida sin que apenas se perciba. Lo que juzgamos con rigor en otros se vuelve más flexible cuando nos toca de cerca. Si el criterio cambia según a quién se aplique, ¿sigue siendo justicia o es otra cosa, más ligada a la conveniencia que a la verdad?
En ese contexto, el silencio deja de ser neutro. Cuando hay claridad suficiente y aun así no se interviene, no por duda, sino por evitar consecuencias, ese silencio toma forma y delimita una responsabilidad que no desaparece por no ser enunciada.
No se trata de elegir entre justicia o lealtad como términos opuestos, sino de explorar si es posible una lealtad que no distorsione la justicia y una justicia que no se pliegue a la pertenencia. Mantener esa tensión sin resolverla siempre a favor de lo cómodo exige un criterio que no dependa de afinidades inmediatas, y que, precisamente por eso, rara vez resulta cómoda
Esto invita a observar y reconocer hasta qué punto se reproducen en uno mismo los mismos gestos que, vistos en otros, se consideran inaceptables. Porque al tomar partido, en lo cercano o en lo distante, es fácil deslizarse hacia la defensa automática de “los nuestros”, simplificando lo que en realidad es complejo.
Quizá por eso el trabajo no consiste en afirmar posiciones con rapidez, sino en sostener una mirada más rigurosa y menos complaciente: ser más cuidadosos antes de alinearnos, más exigentes con nuestros propios criterios y menos inclinados a convertir la complejidad en bandos.






Comentarios